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La Coctelera

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«¡Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!».

¡Y cuánta[s], hermosura soberana:
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Lope de Vega

Si te hace falta un cambio...

Graf escribió: “Si pretendes y te esfuerzas en agradar a todos, acabarás por no agradar a nadie”. Hablar sobre el arrepentimiento quizá no sea un tema de moda. Es posible que en la época actual nos estemos esforzando en presentar el mensaje cristiano de una forma agradable. Juan el Bautista no pretendió ser agradable. Pretendió predicar la verdad y las multitudes acudían para ser bautizadas por él en las aguas del río Jordán.
El texto evangélico dice que “predicaba Juan en el desierto”. No predicaba Juan desde los admirables púlpitos de noble madera, ni en fastuosas iglesias. No predicó Juan en las ceremoniosas sinagogas ni en los atrios del maravilloso templo que Herodes el Grande había edificado recientemente en Jerusalén. Predicaba Juan en el desierto, porque es quizá el desierto el único lugar donde puede predicarse.

Juan predicaba en el desierto al desierto de los corazones de los hombres, porque es ahí, en la soledad y en el silencio de nuestra propia intimidad, donde con más fuerza puede oírse la voz de Dios. Y su mensaje era claro, sin pactos ni acomodos: “arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado”. ¡Volvéos a Dios! Era la voz de uno que clamaba en el desierto... porque Él viene y en el desierto de vuestros corazones sabéis que no estáis preparados.

Arrepentimiento no significa darse golpes en el pecho, ni llorar como un descosido. Arrepentirse no es hacer penitencia, ni sentir una profunda amargura en el alma. Arrepentimiento, “metanoia” en griego, significa descubrir que uno ha equivocado su camino y dar la vuelta. Arrepentirse es cambiar de forma de pensar y de vivir cada vez que uno se percibe que ha abandonado el camino de Dios. Si queremos impactar al mundo es preciso ir primero al desierto, allí se encuentra el comienzo del camino de la santidad, allí fue Abraham, allí fue Moisés, allí fue el pueblo de Israel, y allí fue el mismo Cristo antes de comenzar su ministerio.
Es preciso ir al desierto no porque haya pecados y arenas, es preciso ir al desierto porque el río Jordán está allí. Nunca es tarde para el arrepentimiento, no temamos. Creo que fue Chateaubriand el que dijo: “Para borrar las faltas a los ojos de los hombres son precisos torrentes de sangre; pero ante Dios una sola lágrima basta”.

Buscad a Dios mientras pueda ser hallado

"He aquí, llamarás a gente que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán a ti, por causa de Jehová tu Dios, y del Santo de Israel que te ha honrado. Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar".

Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti

"Vuelve sobre ti mismo. La verdad habita en el hombre interior. Y si encuentras que su naturaleza es mutable, trasciéndete a ti mismo. Pero recuerda al hacerlo así que trasciendes un alma que razona. Así pues, dirígete allí donde se enciende la luz misma de la razón" (AGUSTÍN DE HIPONA, De vera religione, 39, 72).

Silencio